Busqué tus sueños entre el sillón
Pero sólo encontré mundo
¡Qué grandes son los sueños
Y qué triste es el mundo!
Si en la tierra de los sueños
Se revelan tus verdades
¿Qué me mostraste en el mundo,
Qué le contaste a mi iluso cuerpo?
Qué grandes son los sueños
Si allí cabemos juntos los dos
Y qué triste es el mundo
Que llora al despertar.
Cuando el mundo consiga
Por fin en paz descansar
Los dos tendremos un sueño
Por el cual no despertar.
10 feb 2011
6 feb 2011
Cien años en la corte
Al poner en la balanza lo que había hecho mal y lo que había hecho bien este hombre se sintió culpable y levantó cargos en su propia contra.
Durante los siguientes años de su vida asistió diariamente a la corte para ser juzgado. No buscaba ser inocente, deseaba con ansias ser declarado culpable, como si su sufrimiento fuese capaz de saciar su culpa.
La corte era un lugar frío y solitario. Los clavos se extendían en el suelo como una alfombra que abarcaba todo el lugar, así mientras uno caminaba sentía como sus pies se perforaban de abajo hacia arriba, dejando su sangre a cada paso.
Protegían la entrada gruesas cadenas, para que ningún alma pudiera salir ni entrar excepto aquella que estuviese siendo juzgada, con el fin de estar solos para poder pensar en lo que se ha hecho bien y lo que se ha hecho mal.
Todas las paredes son espejadas, para que uno no pueda ver otra cosa que a sí mismo, y reconocer de este modo sus errores en cada una de sus acciones.
Pero sin duda lo más cruel es ver a los ojos al juez. Su mirada mal herida es omnipresente y en la corte no se puede escapar de ella, no puede verse otra cosa que los ojos del juez acusándonos. Sin duda lo más irónico del asunto es que aquí el juez sea uno mismo.
A esta corte asistió diariamente el hombre durante cien años sin oír sentencia alguna, más que la de su propia conciencia, la cual lo había tenido encadenado todo este tiempo en la celda que le habia sido dada sin ser culpable.
Hoy comprende que juzgándose a sí mismo desperdició años, desperdició vida. Luego de cien años el hombre supo declararse inocente, pero sólo para descubrir que estaba muerto.
Durante los siguientes años de su vida asistió diariamente a la corte para ser juzgado. No buscaba ser inocente, deseaba con ansias ser declarado culpable, como si su sufrimiento fuese capaz de saciar su culpa.
La corte era un lugar frío y solitario. Los clavos se extendían en el suelo como una alfombra que abarcaba todo el lugar, así mientras uno caminaba sentía como sus pies se perforaban de abajo hacia arriba, dejando su sangre a cada paso.
Protegían la entrada gruesas cadenas, para que ningún alma pudiera salir ni entrar excepto aquella que estuviese siendo juzgada, con el fin de estar solos para poder pensar en lo que se ha hecho bien y lo que se ha hecho mal.
Todas las paredes son espejadas, para que uno no pueda ver otra cosa que a sí mismo, y reconocer de este modo sus errores en cada una de sus acciones.
Pero sin duda lo más cruel es ver a los ojos al juez. Su mirada mal herida es omnipresente y en la corte no se puede escapar de ella, no puede verse otra cosa que los ojos del juez acusándonos. Sin duda lo más irónico del asunto es que aquí el juez sea uno mismo.
A esta corte asistió diariamente el hombre durante cien años sin oír sentencia alguna, más que la de su propia conciencia, la cual lo había tenido encadenado todo este tiempo en la celda que le habia sido dada sin ser culpable.
Hoy comprende que juzgándose a sí mismo desperdició años, desperdició vida. Luego de cien años el hombre supo declararse inocente, pero sólo para descubrir que estaba muerto.
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