El Tigre estaba una vez más viendo hacia arriba, viendo a los Árboles que tan alto estaban. Pero esta vez era distinto, se preguntaba si habría quizá algo aún mas alto, algo que nunca haya sentido.
Entonces el cielo tronó, las nubes oscurecieron, y por primera vez vio a la Lluvia. La observó prestando atención a sus encantadores movimientos, y hasta el sonido que hacía, pero no pudo salir del cobijo de los Árboles ni pudo sentir la Lluvia, y se quedó tristemente viéndola, ya que tan bella le parecía.
Por la mañana salió el Sol, provocando el anhelo de volver a ver a la Lluvia que alguna vez calló del cielo, pero no fue posible alcanzar. El Tigre le tomó mucho odio a los Árboles, culpándolos de su desgracia, y decidió partir en busca de un lugar a cielo abierto. Así fue como trepó durante mucho tiempo, para llegar una noche a la cima de una montaña, quizá las más grande que conocía.
Esa misma noche las estrellas se ocultaron tras las nubes, cómplices del amor, y el Tigre por fin pudo estar bajo la Lluvia. Ella recorrió todo su cuerpo, lavándole su tristeza, mientras él contemplaba su gran belleza. Luego durmieron juntos, el Tigre nunca había estado tan alto como en la cima de esa montaña. Cuando despertó todavía caían las últimas gotas, pero se podía ver como la tormenta se alejaba.
En la selva de este Tigre no volvió a llover, y cada vez que el cielo se nubló, y su amada no volvió, el Tigre lloró. Inútiles fueron todos sus llantos, que comprendió no iban a revivir a la Lluvia, pero aún así no perdió la esperanza, no regresó a su antiguo hogar bajo los Árboles. El Tigre permaneció en la cima de esa montaña donde a la Lluvia amó, esperándola.
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